Peces muertos en El Bosque de Béjar y otras vergüenzas

Redacción I-Bejar.com.  En primer lugar, pido disculpas por dedicar tantas energías a este asunto cuando mucha gente en Béjar lo está pasando mal por motivos de trabajo, cuando la injusticia del poder se ceba con los más débiles y perdemos como sociedad los mejores logros sociales del siglo XX; peor aún, cuando asistimos al genocidio del pueblo palestino o a ejecuciones sanguinarias por estúpidos motivos religiosos. Está claro que al lado de tanta canalla mundial nuestros representantes públicos son pobres aficionados.





Vamos al lío: estos mismos representantes públicos, y en concreto el alcalde de Béjar y el Director General de Patrimonio, siguen sin resolver problemas reiteradamente denunciados como el abastecimiento de agua a El Bosque, a pesar de ser titulares de esta propiedad pública, de tener competencias expresas en materia de Patrimonio y autoridad reconocida para hacer cumplir la legalidad vigente. Con tales recursos en sus manos, se han demostrado incapaces de evitar que nos roben a manos llenas el agua a la que tiene derecho El Bosque desde su origen, algo que históricamente resolvía el bosquero en pocas horas a golpe de azadón, tras patearse la regadera en cumplimiento fiel de su trabajo.

Las consecuencias de esta situación se traducen en claros perjuicios para nuestro mejor Bien de Interés Cultural: contra sus valores estéticos por la desaparición del principal elemento compositivo (la lámina de agua del estanque, duplicadora del paisaje) y contra la conservación de la estructuras sumergidas (el refuerzo de tozas de roble que mantiene en pie la isleta), como reiteradamente se ha dicho, pero el sábado pasado se pudo comprobar que un estanque reducido a miserable charco de aguas cenagosas podía convertirse en un problema de salud pública. Por el momento, el problema ya es mortal para los peces: varios de ellos flotaban en la superficie, pero supongo que tendremos más mortandad acompañada de mosquitos y otros amigos de la podredumbre (¿metáfora acuática de la política local, regional, nacional…?).

No son estas las únicas vergüenzas que mostramos a nuestros sufridos visitantes. El grupo de turistas del sábado pasado fue muy receptivo y curioso, con ganas de saber más acerca de nuestra maltratada villa de recreo, pero también se oyeron voces críticas que con razón nos hicieron ver a todos lo que renuncian a saber –y a resolver– nuestros representantes públicos: estado descuidado por mantenimiento insuficiente (hasta el más lerdo sabe que un jardín histórico necesita personal especializado); seco, sin sombra y sin flores (alguien ha cortado las hortensias a ras de suelo, por ejemplo); con partes en estado ruinoso (pórtico de la casa del bosquero, tejado hundido en las caballerizas, ponzoñosa uralita en la cubierta del palacete); deficiencias de la última y lamentable intervención (aparecen jirones de tela bajo la grava entre los feos arriates) y por si todo esto fuera poco, ninguna de las fuentes manaba ¡en pleno mes de agosto! Vaya usted a explicarle al visitante los valores del lugar: el murmullo del agua, el verdor y colorido de huertas y jardines, la integración de la arquitectura en la composición y en el paisaje, la magia especular del agua en el estanque, la coexistencia de artificio y naturaleza en una creación ejemplar del Renacimiento. El público no se chotea porque, a diferencia de nuestros representantes, suele ser gente respetuosa y educada, sensible y amiga del conocimiento.

Y que nadie se lance a calificar de insulto cuanto acabo de decir; repetiré las veces que sea necesario esta otra vergüenza: nuestro alcalde también lo era en 1999, cuando hicimos aquel viaje hasta el Valle del Loira para visitar expresamente el jardín de Villandry, ejemplo de conservación en jardinería histórica, pero también de rentabilidad turística. Todos pudimos maravillarnos con aquello, excepto nuestro alcalde, cuyas primeras declaraciones al regreso consistieron en el anuncio de un proyecto de campo de golf para El Bosque. Pues bien, en manos de un tipo así y de otros por el estilo está nuestro Patrimonio y asuntos públicos de mayor calado.

Pues que vivan los peces muertos.

Artículo de opinión de José Muñoz Dominguez

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